Cuando uno habla de saciedad se refiere a la disminución del apetito y al no sentir hambre entre comida y comida. La sensación de saciedad de un individuo está influida por el tipo de alimento consumido y por su valor energético, o sea, por la cantidad de calorías.
Mientras que un buen sabor puede dar lugar a un exceso de consumo de un determinado alimento, la saciedad sirve para limitar el aporte reduciendo el tamaño de la porción o retrasando el momento de la siguiente comida.
Con un contenido energético similar, algunos alimentos pueden ser más saciantes que otros. La saciedad depende, entre otras cosas, del contenido en azúcares y grasas, la densidad energética y de valores elevados de proteínas, fibras y agua, además de la distensión del estómago que pueda existir; por esto puede decirse que el sabor es inversamente proporcional a la sensación de saciedad: cuanto mejor sabor, menor saciedad.
Mientras que el chocolate, galletitas y tortas proporcionan una menor sensación de saciedad con un contenido energético elevado, las verduras, frutas y en especial las papas hervidas, los cereales, el pescado y algunas mezclas de fibras son menos saciantes.
Aunque la industria alimentaria fabrique alimentos de bajo contenido energético con un buen sabor, estos alimentos son excepciones a la regla de que el sabor y el valor energético están estrechamente relacionados: mejor sabor, más calorías.
Motivados por el aumento de la prevalencia de la obesidad en el mundo y por la necesidad de reducir los aportes energéticos, la industria alimentaria trata de aumentar el valor saciante de los alimentos mediante mezclas a base de fibra, proteínas y agua que resultan ser los alimentos menos apetitosos para el ser humano.
El hecho de que las dietas ricas en grasas generalmente sean más apetitosas y variadas que las de bajo contenido, puede llegar a justificar el atractivo que tienen los alimentos ricos en grasas en todo el mundo.